Mi primer viaje a Japón…

Hace ya unos meses hice una colaboración para el  Proyecto Japan de Jaume Estruch (¡no te pierdas su blog!). Concretamente, contaba la historia de mi primer viaje a Japón en 1999. A diferencia de muchos, yo no fui a Japón atraído por la cultura nipona, el manga o la comida asiática. Yo fui para asistir a un congreso y… bueno, me quedé fascinado por el país. Desde entonces he vuelto en varias ocasiones más, y todavía me sigue sorprendiendo…

Lo que sigue a continuación es una versión revisada de mi colaboración para el Proyecto Japan.


Visité Japón por primera vez en 1999, hace una eternidad. He tenido la suerte de poder volver en varias ocasiones más y, sin duda, mi opinión sobre el país nipón ha cambiado considerablemente desde entonces. Ha pasado de ser un país exótico e incompresible a ser un país en el que me siento cómodo y cuyas costumbres me resultan ya muy familiares. De hecho, incluso me pasé un año aprendiendo un poco de su idioma (aunque, por desgracia, lo he olvidado casi por completo).

La verdad es que en el año 1999 no sentía ningún interés por Japón; mis conocimientos sobre el país se limitaban a saber que estaba muy lejos de casa. Cuando supe que iba a tener que ir -eran dos congresos, uno en Tsukuba y otro en Tokio- solo me preocupaba encontrar vuelos, hoteles, transporte, etc., en un país que se me antojaba “difícil”. La parte positiva es que no viajaba solo, ya que en esta ocasión venía conmigo un compañero de la Universidad, lo que seguro iba a hacer el viaje más llevadero.

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Y llegó el día. Para empezar, era la primera vez que pasaba tantas horas seguidas en un avión (casi 12 horas), lo que puede ser una tortura si, como yo, nunca consigues dormir en los aviones. Además, la vista desde el avión antes de aterrizar en el aeropuerto de Narita tampoco era muy tranquilizadora:  Tokio se ve como una ciudad infinita, casas y más casas, hasta donde llega la vista. Por algo Tokio, con unos 36 millones de habitantes en el área metropolitana, es la mayor aglomeración humana del mundo. Recuerdo haber pensado que  parecía una ciudad de ciencia-ficción, sobre todo para alguien que, como es mi caso, había vivido la mayor parte de su vida en una ciudad de menos de 50.000 habitantes.

Primeros días en Tsukuba

Tal como nos habían recomendado, fuimos a la estación de Tokio con el Narita express y, allí, compramos un billete de autobús para Tsukuba. La mayor parte del trayecto consistió en atravesar la propia ciudad de Tokio. Y aquí llegó la primera sorpresa: en ningún momento pasamos junto a grandes rascacielos; ni siquiera bloques de 7 u 8 alturas, como los que hay en mi ciudad, Valencia. Al contrario, casi la mayor parte de las viviendas eran casas unifamiliares, con un pequeño jardín alrededor, o bien bloques de viviendas de solo 2 ó 3 alturas.

Tras un viaje de un par de horas en el autobús, llegamos a Tsukuba. A diferencia de Tokio, aquí no había carteles en caracteres occidentales por ningún lado, solo en japonés. Mala cosa. Así que decidimos tomar un taxi hasta el hotel que habíamos reservado y… bueno, nos encontramos con que el taxista no entiende el nombre del hotel al estar escrito en caracteres occidentales. En este momento nos dimos cuenta que las cosas iban a ser algo más difíciles de lo que esperábamos. Finalmente, con paciencia y buena voluntad por ambas partes, conseguimos hacernos entender y llegamos al hotel. Como descubriríamos en los próximos días, ésta iba a ser la tónica habitual. Al ser Tsukuba una ciudad pequeña, prácticamente nadie hablaba inglés, no habían menús en inglés, etc. En una ocasión, incluso llegamos a imitar a un pollo con la esperanza de que entendieran que queríamos pollo para cenar (¡con éxito!). En el hotel elegimos una habitación de “estilo occidental” (con baño en la habitación). De hecho, nos llamaron mucho la atención algunas costumbres de los japoneses, como la ausencia de ducha en las habitaciones “estilo japonés” o el desfile de japoneses en bata (llamado “yukata“) hasta la zona común de baño, dividida por sexos, en la que los hombres se bañaban desnudos en una bañera (demasiado pequeña para mi gusto).

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¿He hablado ya de la comida conocida como “bento“? Durante el congreso, los almuerzos consistieron en algo que, de entrada, nos recordaba a la comida de los aviones: cajas de madera divididas en pequeños compartimentos rectangulares, conteniendo diferentes tipos de alimentos exóticos (para nosotros). Y, para beber, té verde, claro. Es difícil pasar un tiempo en Japón y no beber té verde o sopa de miso. Mención aparte merece el tema de los palillos. Sin ninguna consideración por los participantes occidentales del congreso, nunca nos dieron cubiertos con los que comer, solo palillos. La verdad es que no es difícil comer con palillos, sobre todo si llevas haciéndolo toda la vida. Por desgracia, no era nuestro caso.

Orientarse en la ciudad fue francamente difícil. Tsukuba no es una ciudad muy grande, pero pronto nos dimos cuenta que los mapas no iban a resultarnos muy útiles aquí. Prácticamente no hay indicaciones en caracteres occidentales. Los nombres de las calles, por ejemplo, estaban escritos únicamente en caracteres japoneses (usando los ideogramas del Kanji y los alfabetos Hiragana y Katakana, aunque entonces desconocía incluso sus nombres). Por primera vez, me encuentro en un lugar en el que disponer de un mapa con una “X” en el punto en el que me encuentro y una “Y” en el punto de destino no me ayuda gran cosa. Me resulta casi imposible emparejar esas ristras de caracteres extraños en los carteles de las calles con los pequeños jeroglíficos del mapa. Nos rendimos, la consigna es no alejarse más de un par de calles del hotel.

Unos días en Tokio

Tres días más tarde, termina el congreso y tomamos el autobús de vuelta a Tokio para el segundo congreso (unas jornadas en la Universidad de Waseda de solo un día de duración). Nos vamos acostumbrando al país y estamos algo más confiados. Seguimos sin entender nada, pero nos vamos habituando a manejar los palillos, al sabor de la comida japonesa, a las continuas reverencias, etc. Por circunstancias que no vienen al caso, tenemos reserva en dos hoteles diferentes pese a que solo vamos a pasar tres noches en Tokio. La primera noche la pasamos en un hotel enorme y bastante lujoso, cercano a la Torre de Tokio (como la Torre Eiffel, pero un poco más alta y de color rojo intenso). Las restantes dos noches las pasamos en un hotel junto a la estación de metro de Takadanobaba, una zona típicamente universitaria.

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En el primer hotel descubrimos por primera vez los famosos WC electrónicos que calientan la taza, echan chorritos de agua, etc. ¡Qué adelantados están estos japoneses! Además, descubrimos una gran ventaja de Tokio: muchos de los carteles están escritos en caracteres occidentales. Más aún, no es difícil encontrar gente que hable un poco de inglés en hoteles, grandes almacenes, etc. Con un acento a veces complicado, es cierto, pero al menos la situación es mucho mejor que la de Tsukuba. Nos sentimos más animados a explorar la ciudad…

Sin embargo, como la red de metro nos parece un auténtico laberinto, y vamos a estar muy poco tiempo para ir haciendo averiguaciones, decidimos preguntar en recepción si podemos ir andando hasta el centro de la ciudad. Risas. Y eso pese a la exquisita educación de los japoneses. Imagino que el hombre todavía debe sonreir al recordarlo. Queríamos ir andando al centro, ignorando que estamos a más de 6km de distancia y que, probablemente, hay que atravesar varías líneas de ferrocarril y autopistas que conectan los diferentes distritos de la ciudad de Tokio.

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Como casi todas las grandes ciudades, los barrios de Tokio son bastante independientes, como pequeños pueblos dentro de la gran urbe. A partir del segundo día, nos alojamos en un hotel más modesto, cuyo nombre todavía recuerdo: el Hotel Taisho Central (ya no existe, se ha reconvertido en un hotel de la cadena Sunroute), cerca del campus de la Universidad de Waseda. Camino del hotel, justo en frente de la estación de Takadanobaba, nos encontramos con un edificio cuya fachada es una cascada de agua. Ya no nos sorprende. Por la mañana asistimos al congreso y por la tarde, como actividad social, nos llevan en autobús por los barrios más representativos de Tokio: Ginza, Shinjuku, Shibuya, etc. Además, cruzamos el puente del arco iris y hacemos un pequeño recorrido por la isla de Odaiba, donde vemos algunos de los edificios más increíbles que había visto hasta entonces. Las luces nocturnas en los barrios más populares de Tokio es algo alucinante. Por la noche, vamos a ver el espectáculo del Kabuki, el teatro tradicional japonés, incluyendo una típica cena bento antes del espectáculo. La ópera nos parece interesante, aunque algo aburrida para unos profanos como nosotros que somos incapaces de seguir la historia (pese a la explicación en inglés por unos auriculares).

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Eso sí, me quedó muy clara una cosa: ¡tenía que volver a esta ciudad!

Vuelta a casa (por los pelos)

Y llegó el día de volver a casa. Nos levantamos pronto para tomar de nuevo el Narita express en la estación de Tokio. La verdad es que esta estación es como un pequeño pueblo, con plantas y más plantas, tanto en altura como subterráneas. El camino se nos hace eterno hasta el andén y decidimos parar en una ocasión y sentarnos a descansar unos minutos mientras nos fumamos un cigarrillo (sí, entonces se podía). Cuando por fin llegamos al andén correcto, descubro con un asomo de pánico que no llevo la mochila encima, en la que estaba mi pasaporte y el billete de avión… Le deseo buen viaje a mi compañero e intento desandar el camino a ver si hay suerte y todavía está allí. Soy pesimista, es difícil encontrar el lugar exacto (¡la estación es un auténtico laberinto!) y mucho me temo que lo más probable es que alguien la haya cogido ya, teniendo en cuenta que han pasado más de 20 minutos. Así que, por el camino, voy ya haciendo planes para ir a la embajada española, pedir un nuevo pasaporte, comprar un nuevo billete de avión, y mil trámites más… Pero ¡sorpresa! Consigo encontrar el lugar donde habíamos parado y mi mochila está en el mismo lugar donde la dejé. Y lo más importante: ¡intacta! pese al constante trasiego de gente que pasa por su lado. ¿He dicho ya que Japón es un país muy seguro?


Bueno, ya termino. Solo quiero añadir que, desde ese primer viaje, he vuelto en varias ocasiones más, he visitado otras ciudades de Japón, a menudo con guías locales (compañeros de trabajo, principalmente) y, claro, mi opinión sobre Japón ha cambiado mucho. Es un país en el que me siento a gusto (la gente es muy amable), muy seguro y, además, hay infinidad de lugares interesantes que visitar. Si todavía no has ido a Japón, ¡no puedes perdértelo!

PD. Las fotos son mías (de este álbum de Flickr) pero no del viaje que cuento arriba. En ese viaje, ¡ni siquiera llevé una cámara!

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