48 horas en Tokio

La mayoría de mis viajes se deben a mi trabajo, bien para asistir a un congreso (entre 1 y 5 días) o para visitar a algún colega y colaborar en un trabajo conjunto (antes podían ser meses, ahora que tengo hijos nunca más de dos o tres semanas). En cualquier de los dos casos, normalmente no dispongo de más de unas horas para turistear, hacer fotos, etc. Con suerte, si se trata de una estancia de dos o tres semanas, consigo tener unas 48 horas libres (un fin de semana). Esto ha hecho que me haya acostumbrado a hacer turismo “express”, como ver París en 6 horas (durante una escala) o Edimburgo en una tarde, por poner algunos ejemplos.

Así que he decidido iniciar una serie de entradas “48 horas en…”, “24 horas en…” o incluso “6 horas en…” con los lugares más interesantes que he visitado. Espero que os gusten.

En este caso, he decidido comenzar por Tokio, aprovechando que estuve por allí hace solo unos meses. Además, como viajaba con un colega que no había estado nunca en Tokio, hicimos el “tour básico” de fin de semana 😀

Viernes

El viaje comienza un viernes por la tarde, cuando tomamos el Shinkansen a Tokio. El viaje dura aproximadamente 2 horas. Teniendo en cuenta que hay unos 450 km, no está nada mal. Bajamos del tren en Shinagawa, desde donde se puede ir fácilmente a Shinjuku con la línea Yamanote. Lo bueno de tener el Japan Rail Pass es que tanto el Shinkansen (excepto la línea Nozomi) como la línea de metro Yamanote en Tokio están incluidas. Por poco más de 200 euros (7 días), es una gran opción para desplazarse por Japón.

Respecto al hotel, siempre que voy a Tokio intento alojarme en Shinjuku, uno de los barrios mejor comunicados de Tokio. Si vas a usar Tokio como “centro de operaciones” para ir también a Nikko, Hakone, Kawaguchiko, Kioto, etc., Shinjuku es una gran opción. De los distintos hoteles en los que me he alojado, yo os recomendaría el Ibis Shinjuku o el Sunroute Plaza Shinjuku (algo más caro). Lo bueno de estos hoteles es que están realmente muy cerca de la estación de la línea Yamanote (menos de 10 minutos a pie), por lo que es ideal para moverse por la ciudad. Por supuesto, los hay más baratos, pero normalmente están más lejos y eso significa perder media hora caminando entre el hotel y la estación de la línea Yamanote.

Llegamos al hotel sobre las 19:00. Tras unos minutos para dejar las maletas en las habitaciones, salimos sin perder un minuto hacia el metro. Para la primera noche, hemos decidido acercarnos a Shibuya (solo un par de paradas con la Yamanote). De ser un poco más pronto, valdría la pena ir a Ginza, la “milla de oro” de Tokio, pero siendo las 19:00 no vale la pena, llegaríamos sobre las 20:00 y muchas tiendas estarían ya cerradas.

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Shibuya, junto con Shinjuku, son dos de los barrios más animados de Tokio. En Shibuya puedes encontrar el famoso cruce de peatones en varias direcciones, la escultura del leal perro Hachicko, cientos de locales para cenar, ir de compras, tomar unas copas, comer un sandwich con forma de pez o asistir a un programa de televisión en directo, por ejemplo.

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En nuestro caso, acabamos entrando en un Bookoff (hasta que nos echaron), la cadena de librerías donde comprar libros y manga a precios de risa, y luego cenamos en un restaurante de la cadena Ootoya. Tengo que decir que me encantan los restaurantes Ootoya. En las zonas más turísticas, debe haber uno cada 100 ó 200 metros (pero recuerda que en Japón los restaurantes no suelen estar a nivel del suelo, pueden estar en un sótano o en un 5 piso, así que no te limites a mirar solo las plantas bajas). Además, tienen un menú muy completo, con fotografías (algo muy importante si no hablas japonés) y a un precio muy contenido. Se puede cenar por menos del 10 euros sin problemas.

Sábado

Este es el día más duro. Es el único día en el que vamos a estar 24 horas en Tokio y hay que aprovecharlo. Hemos decidido dedicarlo a visitar Akihabara, el parque Ueno y el templo Senso-ji en Asakusa, que andan todos más o menos por la misma zona de Tokio.

Primero, en Akihabara, nos dedicamos a recorrer las principales tiendas de la zona. Es el barrio ideal si buscas aparatos electrónicos o artículos relacionados con el manga y el anime.

En el parque Ueno nos limitamos a recorrer el parque sin entrar en los diferentes museos del parque o en el zoo.

Desde Ueno, tomamos el metro (esta vez no incluido en el Japan Rail Pass al no pertenecer a la línea Yamanote) y llegamos a Asakusa en unas pocas paradas. Para estos casos, y puesto que no es nada fácil calcular la tarifa del metro en Tokio, lo mejor es comprar una tarjeta Suica de prepago y dejar que se cobre la cantidad que sea en cada trayecto. Y si prefieres no comprarla, también puedes comprar el billete de metro más barato y luego pasar por la cabina de “fare adjustment” a la salida y pagar la diferencia. En Japón eso no está mal visto en absoluto.

Ya en Asakusa, visitamos el templo Senso-ji, probablemente el templo más popular de Tokio. Si tienes tiempo, puedes cruzar el río y acercarte a ver la nueva Torre Tokyo SkyTree y la sede de la cerveza Asahi.

De vuelta hacia el hotel, paramos en Ebisu para tomar el metro hasta Roppongi (un par de paradas, de nuevo fuera de la línea Yamanote y, por tanto, no incluido en el Japan Rail Pass). Aquí se encuentra la zona llamada Roppongi hills que incluye la Torre Mori, con un fantástico observatorio (de pago) desde donde fotografiar el skyline de Tokio y, en particular, la Torre de Tokio.

Por desgracia, la cola para subir al observatorio era enorme y no subimos. Normalmente no suele haber mucha gente, pero coincidía con una exposición de Star Wars y al parecer estaba teniendo mucho éxito. Para desquitarnos, una vez en Shinjuku, subimos al observatorio del Ayuntamiento de Tokio, abierto hasta las 23:00 y gratuito. ¡La vista nocturna es espectacular!

Y a dormir. Según mi pulsera FitBit, habían sido 25km a pie. Sin duda, habíamos cumplido como turistas PRO 😀

Domingo

Tengo que decir que después de la paliza del día anterior, el Domingo pretendíamos hacer algo relajado. No aguantaríamos otros 25km a pie. Así que el Domingo tomamos la línea Yamanote hasta Yoyogi (una sola parada) y de allí al Parque Yoyogi. En mi opinión, es uno de los parques más bonitos de Tokio, con vistas al edificio DoCoMo, y desde donde visitar el Santuario Meiji (donde con suerte podrás fotografiar una boda tradicional) y terminar en Harajuku y la calle Takeshita, una de las más famosas de Tokio entre la gente joven para ir de compras, tomar algo, etc. Tampoco es raro encontrar cosplayers en la zona de Harajuku, sobre todo los Domingos.

Desde aquí, decidimos tomar la línea Yamanote de nuevo hasta Akihabara. Los domingos, suele haber un mercadillo callejero en Akihabara donde encontrar artículos a precios mucho más bajos que en las tiendas. Y aquí rematamos la visita, tomando la Yamanote hasta el hotel y de vuelta a casa. Bueno, de vuelta a Nagoya y el trabajo…

Por cierto, si a alguien le preocupa el tema económico, gracias al Japan Rail Pass, no creo que gastase más de unos 30 ó 40 euros durante el fin de semana.

Por último, añdadir que ésta fue una de las varias visitas a Tokio. En otros casos, he aprovechado el sábado para ir a Nikko o para ir al Fuji, en ambos casos excursiones que se pueden hacer fácilmente desde Tokio saliendo temprano y volviendo por la tarde. Es una buena forma de combinar turismo urbano y naturaleza. Pero esa es otra historia…

Si quieres ver más fotos de este viaje a Tokio, las tienes en este álbum de Flickr.

Mi primer viaje a Japón…

Hace ya unos meses hice una colaboración para el  Proyecto Japan de Jaume Estruch (¡no te pierdas su blog!). Concretamente, contaba la historia de mi primer viaje a Japón en 1999. A diferencia de muchos, yo no fui a Japón atraído por la cultura nipona, el manga o la comida asiática. Yo fui para asistir a un congreso y… bueno, me quedé fascinado por el país. Desde entonces he vuelto en varias ocasiones más, y todavía me sigue sorprendiendo…

Lo que sigue a continuación es una versión revisada de mi colaboración para el Proyecto Japan.


Visité Japón por primera vez en 1999, hace una eternidad. He tenido la suerte de poder volver en varias ocasiones más y, sin duda, mi opinión sobre el país nipón ha cambiado considerablemente desde entonces. Ha pasado de ser un país exótico e incompresible a ser un país en el que me siento cómodo y cuyas costumbres me resultan ya muy familiares. De hecho, incluso me pasé un año aprendiendo un poco de su idioma (aunque, por desgracia, lo he olvidado casi por completo).

La verdad es que en el año 1999 no sentía ningún interés por Japón; mis conocimientos sobre el país se limitaban a saber que estaba muy lejos de casa. Cuando supe que iba a tener que ir -eran dos congresos, uno en Tsukuba y otro en Tokio- solo me preocupaba encontrar vuelos, hoteles, transporte, etc., en un país que se me antojaba “difícil”. La parte positiva es que no viajaba solo, ya que en esta ocasión venía conmigo un compañero de la Universidad, lo que seguro iba a hacer el viaje más llevadero.

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Y llegó el día. Para empezar, era la primera vez que pasaba tantas horas seguidas en un avión (casi 12 horas), lo que puede ser una tortura si, como yo, nunca consigues dormir en los aviones. Además, la vista desde el avión antes de aterrizar en el aeropuerto de Narita tampoco era muy tranquilizadora:  Tokio se ve como una ciudad infinita, casas y más casas, hasta donde llega la vista. Por algo Tokio, con unos 36 millones de habitantes en el área metropolitana, es la mayor aglomeración humana del mundo. Recuerdo haber pensado que  parecía una ciudad de ciencia-ficción, sobre todo para alguien que, como es mi caso, había vivido la mayor parte de su vida en una ciudad de menos de 50.000 habitantes.

Primeros días en Tsukuba

Tal como nos habían recomendado, fuimos a la estación de Tokio con el Narita express y, allí, compramos un billete de autobús para Tsukuba. La mayor parte del trayecto consistió en atravesar la propia ciudad de Tokio. Y aquí llegó la primera sorpresa: en ningún momento pasamos junto a grandes rascacielos; ni siquiera bloques de 7 u 8 alturas, como los que hay en mi ciudad, Valencia. Al contrario, casi la mayor parte de las viviendas eran casas unifamiliares, con un pequeño jardín alrededor, o bien bloques de viviendas de solo 2 ó 3 alturas.

Tras un viaje de un par de horas en el autobús, llegamos a Tsukuba. A diferencia de Tokio, aquí no había carteles en caracteres occidentales por ningún lado, solo en japonés. Mala cosa. Así que decidimos tomar un taxi hasta el hotel que habíamos reservado y… bueno, nos encontramos con que el taxista no entiende el nombre del hotel al estar escrito en caracteres occidentales. En este momento nos dimos cuenta que las cosas iban a ser algo más difíciles de lo que esperábamos. Finalmente, con paciencia y buena voluntad por ambas partes, conseguimos hacernos entender y llegamos al hotel. Como descubriríamos en los próximos días, ésta iba a ser la tónica habitual. Al ser Tsukuba una ciudad pequeña, prácticamente nadie hablaba inglés, no habían menús en inglés, etc. En una ocasión, incluso llegamos a imitar a un pollo con la esperanza de que entendieran que queríamos pollo para cenar (¡con éxito!). En el hotel elegimos una habitación de “estilo occidental” (con baño en la habitación). De hecho, nos llamaron mucho la atención algunas costumbres de los japoneses, como la ausencia de ducha en las habitaciones “estilo japonés” o el desfile de japoneses en bata (llamado “yukata“) hasta la zona común de baño, dividida por sexos, en la que los hombres se bañaban desnudos en una bañera (demasiado pequeña para mi gusto).

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¿He hablado ya de la comida conocida como “bento“? Durante el congreso, los almuerzos consistieron en algo que, de entrada, nos recordaba a la comida de los aviones: cajas de madera divididas en pequeños compartimentos rectangulares, conteniendo diferentes tipos de alimentos exóticos (para nosotros). Y, para beber, té verde, claro. Es difícil pasar un tiempo en Japón y no beber té verde o sopa de miso. Mención aparte merece el tema de los palillos. Sin ninguna consideración por los participantes occidentales del congreso, nunca nos dieron cubiertos con los que comer, solo palillos. La verdad es que no es difícil comer con palillos, sobre todo si llevas haciéndolo toda la vida. Por desgracia, no era nuestro caso.

Orientarse en la ciudad fue francamente difícil. Tsukuba no es una ciudad muy grande, pero pronto nos dimos cuenta que los mapas no iban a resultarnos muy útiles aquí. Prácticamente no hay indicaciones en caracteres occidentales. Los nombres de las calles, por ejemplo, estaban escritos únicamente en caracteres japoneses (usando los ideogramas del Kanji y los alfabetos Hiragana y Katakana, aunque entonces desconocía incluso sus nombres). Por primera vez, me encuentro en un lugar en el que disponer de un mapa con una “X” en el punto en el que me encuentro y una “Y” en el punto de destino no me ayuda gran cosa. Me resulta casi imposible emparejar esas ristras de caracteres extraños en los carteles de las calles con los pequeños jeroglíficos del mapa. Nos rendimos, la consigna es no alejarse más de un par de calles del hotel.

Unos días en Tokio

Tres días más tarde, termina el congreso y tomamos el autobús de vuelta a Tokio para el segundo congreso (unas jornadas en la Universidad de Waseda de solo un día de duración). Nos vamos acostumbrando al país y estamos algo más confiados. Seguimos sin entender nada, pero nos vamos habituando a manejar los palillos, al sabor de la comida japonesa, a las continuas reverencias, etc. Por circunstancias que no vienen al caso, tenemos reserva en dos hoteles diferentes pese a que solo vamos a pasar tres noches en Tokio. La primera noche la pasamos en un hotel enorme y bastante lujoso, cercano a la Torre de Tokio (como la Torre Eiffel, pero un poco más alta y de color rojo intenso). Las restantes dos noches las pasamos en un hotel junto a la estación de metro de Takadanobaba, una zona típicamente universitaria.

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En el primer hotel descubrimos por primera vez los famosos WC electrónicos que calientan la taza, echan chorritos de agua, etc. ¡Qué adelantados están estos japoneses! Además, descubrimos una gran ventaja de Tokio: muchos de los carteles están escritos en caracteres occidentales. Más aún, no es difícil encontrar gente que hable un poco de inglés en hoteles, grandes almacenes, etc. Con un acento a veces complicado, es cierto, pero al menos la situación es mucho mejor que la de Tsukuba. Nos sentimos más animados a explorar la ciudad…

Sin embargo, como la red de metro nos parece un auténtico laberinto, y vamos a estar muy poco tiempo para ir haciendo averiguaciones, decidimos preguntar en recepción si podemos ir andando hasta el centro de la ciudad. Risas. Y eso pese a la exquisita educación de los japoneses. Imagino que el hombre todavía debe sonreir al recordarlo. Queríamos ir andando al centro, ignorando que estamos a más de 6km de distancia y que, probablemente, hay que atravesar varías líneas de ferrocarril y autopistas que conectan los diferentes distritos de la ciudad de Tokio.

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Como casi todas las grandes ciudades, los barrios de Tokio son bastante independientes, como pequeños pueblos dentro de la gran urbe. A partir del segundo día, nos alojamos en un hotel más modesto, cuyo nombre todavía recuerdo: el Hotel Taisho Central (ya no existe, se ha reconvertido en un hotel de la cadena Sunroute), cerca del campus de la Universidad de Waseda. Camino del hotel, justo en frente de la estación de Takadanobaba, nos encontramos con un edificio cuya fachada es una cascada de agua. Ya no nos sorprende. Por la mañana asistimos al congreso y por la tarde, como actividad social, nos llevan en autobús por los barrios más representativos de Tokio: Ginza, Shinjuku, Shibuya, etc. Además, cruzamos el puente del arco iris y hacemos un pequeño recorrido por la isla de Odaiba, donde vemos algunos de los edificios más increíbles que había visto hasta entonces. Las luces nocturnas en los barrios más populares de Tokio es algo alucinante. Por la noche, vamos a ver el espectáculo del Kabuki, el teatro tradicional japonés, incluyendo una típica cena bento antes del espectáculo. La ópera nos parece interesante, aunque algo aburrida para unos profanos como nosotros que somos incapaces de seguir la historia (pese a la explicación en inglés por unos auriculares).

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Eso sí, me quedó muy clara una cosa: ¡tenía que volver a esta ciudad!

Vuelta a casa (por los pelos)

Y llegó el día de volver a casa. Nos levantamos pronto para tomar de nuevo el Narita express en la estación de Tokio. La verdad es que esta estación es como un pequeño pueblo, con plantas y más plantas, tanto en altura como subterráneas. El camino se nos hace eterno hasta el andén y decidimos parar en una ocasión y sentarnos a descansar unos minutos mientras nos fumamos un cigarrillo (sí, entonces se podía). Cuando por fin llegamos al andén correcto, descubro con un asomo de pánico que no llevo la mochila encima, en la que estaba mi pasaporte y el billete de avión… Le deseo buen viaje a mi compañero e intento desandar el camino a ver si hay suerte y todavía está allí. Soy pesimista, es difícil encontrar el lugar exacto (¡la estación es un auténtico laberinto!) y mucho me temo que lo más probable es que alguien la haya cogido ya, teniendo en cuenta que han pasado más de 20 minutos. Así que, por el camino, voy ya haciendo planes para ir a la embajada española, pedir un nuevo pasaporte, comprar un nuevo billete de avión, y mil trámites más… Pero ¡sorpresa! Consigo encontrar el lugar donde habíamos parado y mi mochila está en el mismo lugar donde la dejé. Y lo más importante: ¡intacta! pese al constante trasiego de gente que pasa por su lado. ¿He dicho ya que Japón es un país muy seguro?


Bueno, ya termino. Solo quiero añadir que, desde ese primer viaje, he vuelto en varias ocasiones más, he visitado otras ciudades de Japón, a menudo con guías locales (compañeros de trabajo, principalmente) y, claro, mi opinión sobre Japón ha cambiado mucho. Es un país en el que me siento a gusto (la gente es muy amable), muy seguro y, además, hay infinidad de lugares interesantes que visitar. Si todavía no has ido a Japón, ¡no puedes perdértelo!

PD. Las fotos son mías (de este álbum de Flickr) pero no del viaje que cuento arriba. En ese viaje, ¡ni siquiera llevé una cámara!

El barrio más peligroso de Japón

Pues sí, eso es lo primero que escuché de Shinsekai (Osaka), que era uno de los barrios más peligrosos de Japón. Y es que después de siete viajes a Japón, todavía no conocía la ciudad de Osaka, y eso había que resolverlo ya. Así que me puse a buscar información sobre Osaka, sobre los lugares que valía la pena ver, etc., cuando me crucé con una foto de Shinsekai muy parecida a esta:

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En cuanto la vi, tuve claro que quería ir. ¡Vaya sitio! Realmente parece sacado de un manga, no le falta de nada: el pez globo, el rickshaw en la esquina, las fachadas de colores, los farolillos, una persona disfrazada anunciando un restaurante, mucha gente e, inconfundible al fondo, la torre Tsutenkaku.

Definitivamente, ¡tenía que ir ahí!

Como es habitual, empecé a informarme sobre el barrio, cómo llegar (como digo siempre, lo mejor es ir a japan-guide o a japonismo, el segundo en español!), qué se podía hacer en esa zona, dónde alojarse, etc., etc. Sí, soy de esos maníacos que les gusta tenerlo todo controlado, no tengo remedio… Y aquí es donde llegan los problemas. Me parece que fue en un vídeo de David Boscá (@CreativoenJapon) donde se comentaba que Shinsekai estaba considerado “uno de los barrios más peligrosos de Japón”, reducto de la Yakuza (la mafia japonesa), etc. En realidad, en el vídeo intentaba aclarar que esa fama era en realidad injustificada, y que el barrio era muy seguro, incluso para los estándares de Japón (probablemente los más altos del mundo).

Pero me dejó preocupado. Así que comencé a realizar búsquedas en Google del estilo “shinsekai peligro turista”, “shinsekai cámara robada”, etc. Y, claro, aparecían páginas y más páginas en las que se hablaba de la peligrosidad del barrio, de los yakuza que se mueven por la zona, de los turistas que habían tenido problemas,… Mal.

De todos modos, quería visitar Osaka, así que decidí dejar la decisión sobre Shinsekai hasta el momento en que estuviera por allí. Vamos, un poco de improvisación no podía ser tan mala… Tras dar algunas vueltas, decidí buscar hotel en Namba, un barrio muy céntrico cercano a Dotonbori, al Den Den Town (similar a Akihabara en Tokio) y, como no, a Shinsekai. Hay otros lugares típicos en Osaka, como el Castillo o la Torre Umeda (el Umeda Sky Building), pero la verdad es que no me atraían mucho. El hotel elegido, por cierto, era el Business Hotel Nissei, con unos precios increíblemente bajos: 35€/noche con desayuno. En el centro de Osaka. Umm, aquí debía haber gato encerrado…

Pues bien, llegó el día. Fui a Osaka un viernes por la tarde (desde Nagoya, donde estaba haciendo una estancia breve en la universidad) y llegué a la estación de Namba ya de noche. El camino de la estación de metro hasta el hotel era… ¡increíble! Parecía que estuviera paseando por un gran centro comercial, saturado de tiendas, restaurantes, puestos de comida, pachinko, karaoke, etc., etc. Y, como no, luces de neón como para iluminar un país pequeño.

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Hasta me entretuve en ir haciendo fotos a los callejones pese a ir cargado con la maleta, la mochila, la cámara… ¡eran tan fotogénicos!

Y aquí llegamos a un tópico de Japón, pese a que me he cansado de decir “eso a mi no me pasa”. Pues sí, me costó lo mío encontrar el hotel, casi una hora dando vueltas… ¡y es que Namba es un auténtico laberinto! Y, de hecho, aquí llegamos al segundo tópico (que también había negado insistentemente hasta la fecha): no solo las habitaciones eran diminutas, es que el techo del hotel debía estar a solo 1,80m del suelo. Tuve una bonita sensación de claustrofobia en cuanto llegué a la habitación, y descubrir que la ventana era solo traslúcida, no se podía abrir, y que había algo oscuro que parecía un muro a escasa distancia de ella, no ayudó mucho…

Aunque no duró mucho tiempo. Me fui a pasear por Dotonbori y se me pasaron las preocupaciones. Y es que el barrio de Dotonbori por la noche es una vista increíble. Si vas a Osaka, ¡no puedes perdértelo!

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De hecho, Dotonbori es similar a Shibuya en Tokio, un lugar habitual para reunirse, salir de compras, de fiesta, etc., sobre todo la gente joven.

Volví al hotel y volvió un poco la claustrofobia (la habitación era básicamente del tamaño de la cama y un par de palmos a uno de los lados, lo justo para entrar y salir de la cama o pasar al baño, un cubículo de 1×1), aunque ahora ya no me importaba demasiado.

Al día siguiente, sábado, me fui de excursión a Nara (hay tren directo desde Namba), pero esa es otra historia. Por la tarde, de vuelta a Namba, decidí que ya era hora de darse un paseo hasta Shinsekai, aprovechando que aún era de día y los yakuza estarían previsiblemente durmiendo o relajados en sus casas. Así que me di un paseo (de unos 30 minutos), cruzando la calle principal del Den Den Town hasta Shinsekai.

Y no, no me encontré con un barrio con aspecto peligroso y tomado por la yakuza, sino más bien con un barrio familiar, lleno de niños tomando helados, tiendas de souvenirs, restaurantes (algunos de los mejores para comer el famoso pez globo) y la deliciosamente decadente torre Tsutenkaku (la “torre que roza el cielo”). El adjetivo “decadente” no es casual, ya que el barrio está inspirado en parte en París y en parte en Coney Island (Nueva York), pero venido a menos. La visita a la torre merece mucho la pena, no solo por conocer la historia del barrio, sino por ver imágenes de Muscle Man (kinnikuman, una estrella en el barrio, incluso con una tienda exclusiva de productos suyos) o hacerse una foto con el famoso Billiken, el “dios de las cosas como deberían de ser”, una figura ubicua en el barrio.

Además, las vistas desde lo alto de la torre no están nada mal…

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Bueno, no sé si ya ha quedado claro, pero desde luego nunca tuve ni la más mínima sensación de peligro en Shinsekai. Ni de día, ni de noche. Un barrio turístico tan seguro como el resto de Japón. Y un barrio que, sin duda, merece la pena visitar si tienes la oportunidad.

Os dejo con este vídeo breve (y chapucero) que grabé en Dotonbori:

Y, como siempre, tenéis algunas fotos más en este álbum de Flickr.

El museo Meiji-Mura

De todos los lugares que he visitado en Japón a lo largo de estos últimos 15 años, uno de los más inusuales y probablemente menos conocidos es el Museo Meiji-Mura (el museo del pueblo Meiji). Se trata de un museo al aire libre en Inuyama, cerca de Nagoya (prefectura de Aichi), no lejos del famoso Castillo de Inuyama, uno de los pocos castillos en Japón que no han sido reconstruidos:

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El museo recrea un pueblo que incluye numerosos edificios históricos de la era Meiji (1867-1912) y Taisho (1912-1926), principalmente. Ojo, en muchos casos, se trata de los edificios originales que han sido movidos de su emplazamiento original y reconstruidos en el Meiji-Mura!

A diferencia de lo habitual, se trata de un museo ideal para pasar un día al aire libre, ir con niños, pasear, etc. Si bien es cierto que no deja de ser un museo (con mucha información si te apetece aprender cosas nuevas), también lo es que hay tiendas de souvenirs, varios restaurantes, puestos de comida y bebida, mucho espacio donde pasear, hacer fotos, correr, jugar, etc. En fin, el lugar perfecto para pasar un Domingo en familia. De hecho, no es uno de esos sitios atestados de turistas. Al contrario, diría que la práctica mayoría de los visitantes eran japoneses.

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Cuando llegas, te encuentras con un autobús antiguo con el que desplazarte por el museo. En el pueblo, puedes encontrar desde una cárcel a la consulta de un doctor, pasando por una iglesia católica, una escuela o una casa típica de la época.

Sin embargo, el edificio más conocido del museo es la entrada y el lobby reconstruidos del Hotel Imperial diseñado por el arquitecto Frank Lloyd Wright (originalmente en Tokio de 1923 a 1967):

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Si vas a Osaka o Kioto, y quieres ver algo que se sale de lo habitual, te recomiendo que te acerques al Museo Meiji-Mura. Eso sí, sin prisas. Lo mejor es combinar en el mismo día la visita al Castillo de Inuyama y al Museo Meiji-Mura. Podéis en contrar información detallada sobre cómo llegar japan-guideMuseo Meiji-Mura y Castillo de Inuyama. De hecho, ya que estás por la zona, podrías aprovechar para cenar en una de las barcazas que recorren el río Kiso mientras cenas un bento y admiras el espectáculo de la pesca con cormorán.

Por último, aquí puedes ver el álbum de fotos del viaje: Japón 2008 (aunque siento la mala calidad y el sobreprocesado de las fotos, el Germán de hoy se avergüenza del Germán de 2008 🙂 )

Pesca con cormorán en el río Kiso

En esta entrada quiero contaros algo sobre la “pesca con cormorán”, una tradición ancestral de Japón. Hace unos años, cuando asistía a un congreso en Nagoya, nos llevaron de excursión -¡lo más divertido de un congreso!-  a ver una destilería de sake y, luego, a dar un paseo en barca mientras cenábamos bento y asistíamos a una recreación de la tradicional pesca con cormorán.

Como podéis encontrar en la wikipedia, la pesca con cormorán es una tradición en varios países asiáticos, como China o Japón. Básicamente, se le ata un cordel en la parte inferior del cuello de forma que pueda capturar un pez, pero no tragarlo. El pescador, una vez que el cormorán ha capturado un pescado, se lo extrae de la garganta (ya que ha quedado aprisionado en el cuello), y lo dispone para efectuar nuevas capturas. La pesca se realiza de noche, con antorchas en las barcas, ya que parece que eso ayuda a que los cormoranes localicen los peces. Además, para que estén motivados, suelen mantenerlos hambrientos hasta el día de la pesca. Sí, un poco sádico todo. En fin, es una tradición en estos países, y ahora lo recrean para los turistas. No puedo decir que me encantara, pero desde luego me sorprendió mucho, no tenía idea que existiera esta modalidad de pesca.

Para terminar, os dejo algunas fotos que hice durante la excursión por el río, incluyendo una en la que se ven muy bien los cormoranes atados.

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Podéis encontrar algunas fotos más de este viaje aquí: Viaje a Nagoya 2012