Viaje número 13 a Japón – Parte I: Shonan Village Center

Bueno, tenía que llegar: ¡mi viaje número 13 a Japón! Debo decir que no soy supersticioso, aunque tanta casualidad me inquietaba un poco. No solo era mi viaje número 13 a Japón, sino que iba a pasar 13 días en tierras niponas. Además, volvía el día 13 hacia España. Muchos 13’s. Y no serían los únicos, ya veréis. Bueno, comencemos por el principio…

En este viaje, fui a Japón principalmente para asistir a un seminario en el Shonan Village Center, un centro situado a poca distancia de Tokio dedicado a organizar congresos y reuniones científicas. El vuelo me tenía un poco preocupado porque llegaba a Tokio sobre las 18:30 y tenía que coger varios trenes hasta una pequeña estación, Zushi, desde donde salía el último autobús hacia Shonan Village a las 20:49. Y, claro, antes tenía que pasar inmigración, recoger el equipaje, parar a sacar algo de dinero, comprar una tarjeta SIM para disponer de datos, etc, etc. Resumiendo, os ahorraré las carreras arrastrando una maleta de buen tamaño y una mochila (que también pesaba lo suyo) pero conseguí llegar a tiempo a coger el último autobús. Eso sí, no tuve oportunidad de cenar nada, solo pude comprar un melon pan en un Lawson junto a la pequeña estación de autobuses. Cuando por fin llegué al centro y pasé por recepción ¿a qué no sabéis que habitación me dieron? Sí, esa, la habitación número 13… Parecía claro que el 13 iba a ser un número recurrente este viaje. Menos mal que el centro estaba bien surtido de máquinas de bebidas, así que con el melon pan y algo de beber me fui a descansar…

Los siguientes cuatro días en el seminario fueron muy tranquilos, no hay gran cosa que reseñar. Charlas, discusiones, buena comida y mucho café/té para mantenerse despiertos…

Una característica del centro es que, en los días claros, se puede ver el Fuji. Julio, por desgracia, es una de las peores épocas del año para verlo… aunque a primera y última hora del día se podía ver algo como esto:

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El tercer día, por cierto, tocaba socializar un poco, y nos llevaron de excursión a Kamakura. Vimos el Gran Buda (que ya conocía) y el santuario de Tsurugaoka Hachiman-gu:

Y rematamos el día con una fantástica cena: ensalada (que se me olvidó fotografiar), un sorbete de huevo y pasta de judías, sashimi, tempura, soba y una especie de udon dulce de postre que estaba de muerte!

El cuarto día acabó el seminario a medio día y salí hacia Tokio para hacer una noche antes de partir hacia Nagoya, donde iba a estar una semana trabajando con un colega. Mi hotel estaba frente a la estación de Shinagawa para poder coger el Shinkansen a primera hora al día siguiente. Llegué a Tokio sobre las 17h de la tarde, así que todavía tenía unas horas antes de irme a dormir. Esta vez decidí acercarme a ver la Tokyo tower,  que por algún motivo nunca había visitado antes.

De camino, me encontré con el templo Zojoji que, casualmente, se iluminaba con velas justo esta noche del año! (y luego dicen que el 13 trae mala suerte…). Como aún era pronto, decidí subir a la Tokyo tower mientras llegaba la noche:

Desde allí volví al templo Zojoji y todavía pasé algo más de una hora sentado esperando que anocheciera para ver el espectáculo de las velas encendidas. Tiempo más que suficiente para que los mosquitos me acribillaran, por cierto. Finalmente, cuando ya faltaba muy poco tiempo… ¡se puso a llover y retiraron las velas!

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Uff, después de tanto esperar y no iba a poder ver las velas encendidas, que frustración… Bueno, decidí que ya iba siendo hora de volver al hotel a descansar. Sin embargo, de camino me crucé con un mirador, el Seaside Top, y pensé aprovechar para ver las vistas desde arriba. Y fue un acierto, porque la vista de la Tokyo tower era impresionante!

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Casualmente, mientras estaba en el mirador, me fijé en que @Zordor había subido a instagram una foto del templo Zojoji con las velas encendidas. Le pregunté si era del año anterior, y me dijo que no, que era justo ahora, que se la había mandado su mujer que estaba allí. ¡Ah! Salí corriendo del mirador y volví al templo a la carrera… Pero ya era demasiado tarde, habían vuelto a retirar las velas…

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¡Nooooo! Al parecer solo estuvieron encendidas unos minutos… Bueno, un poco de mala suerte sí tuve ese día, ¿no? ¿Algo que ver con tantos 13’s? 😀

Y aquí acaba la primera parte. El Viernes a las 7AM salí hacia Nagoya y… bueno, eso os lo contaré en la siguiente entrada…

Venecia

Muchos tenemos una ciudad especial, no siempre por méritos de la ciudad, sino por otras causas. En mi caso, esa ciudad es, sin duda, Venecia. Os cuento por qué…

Allá por Abril de 1994 partía para Italia a hacer una primera estancia de investigación de 3 meses. No era la primera vez que salía de España, pero casi. Se dice pronto, pero hablamos de tres meses (3) lejos de casa. Sin Internet, sin email -existía, sí, pero no lo usaba nadie, así que no servía de nada-, sin portátil, sin hablar el idioma -ni italiano, ni apenas inglés-, sin… en fin, sin nada. La verdad es que no tengo queja del entorno en el Departamento italiano -en Pisa, principalmente-, ya que mi “jefe” allí me acogió casi como si fuera de la familia (las primeras noches las pasé en su casa 🙂 )

Pues bien, el primer mes fue malo, casi sin hablar con nadie (aparte del jefe), intentando avanzar en el trabajo de investigación, aprender italiano, arreglando el tema del alquiler del piso, la cedula fiscale, y muchos otros papeleos. Los comienzos en un lugar siempre son malos. Bueno, tengo que aclarar aquí que soy -o más bien era- muy tímido, y eso no ayuda mucho. Como decía, el primer mes fue malo, pero el segundo fue aún peor: me tuve que ir en tren de Pisa a Tolouse a presentar mi primer trabajo en inglés en un congreso -cuando, como decía antes, apenas lo chapurreaba-. Ese viaje, de hecho, fue toda una odisea… pero, bueno, esa es otra historia.

Y os preguntaréis… ¿qué rollo nos está contando? ¿esto no iba de Venecia? Pues ya llegamos. Quería situaros un poco: más de dos meses aburrido, casi sin hablar con nadie, sin Internet, el teléfono valía una pasta, sin email -mandé tres cartas y solo recibí una respuesta en ese tiempo- y encima teniendo que ir a Tolouse a hacer el ridículo hablando en inglés. Y, de repente, aprovechando que estaba en Padova una semana y había acabado de hacer el ridículo por allí (tuve que dar un seminario sobre mi trabajo), me fui a Venecia que estaba a escasos 30′ en tren. Y, por primera vez desde que llegué a Italia me sentí relajado, y pensé “Oye, pues igual sí ha valido la pena meterse en este lío…”

Y es que es difícil perderse por esta ciudad y no acabar fascinado:

Desde aquella primera visita en 1994, he vuelto muchas más veces. Por un lado, unos años después, hice varias estancias en Udine -que está a una hora y pico de tren de Venecia- y muchos fines de semana los pasaba en Venecia. He vuelto también para asistir a un congreso, de vacaciones con mi mujer y unos amigos, y hace solo unos meses con mi mujer y mis hijos -de hecho, todas las fotos son de este último viaje-. Ya no es lo mismo que aquella primera vez en 1994 en que pensé que había valido la pena, desde luego, pero sigue siendo una ciudad muy especial para mi.

Como siempre, puedes ver estas y otras fotos en mi carpeta de Flickr.

¿Por qué critico a la homeopatía?

Bueno, como he repetido los mismos argumentos ya muchas veces, he decidido añadir una entrada corta (¡la primera que no va sobre Japón! 😉 ) en la que me gustaría dejar clara mi postura al respecto. Así me ahorro seguir argumentando las mismas cosas una y otra vez…

Si eres de los que crees en la homeopatía y piensas “a mi me funciona”, puedes dejar de leer aquí. Estoy seguro de que no te voy a convencer. Cuando uno tiene “fe” en algo (es decir, cree en algo sin tener razones para ello y sin entender realmente cómo es posible) no hay razonamiento que le haga cambiar de opinión. Y, en el fondo, te envidio. Me encantaría tener esa fe en la homeopatía, pero no la tengo.

Bueno, supongamos que mantienes un sano escepticismo al respecto y quieres saber más sobre la homeopatía. ¡Enhorabuena! Eres una persona racional…

En primer lugar, tengo que dejar claro que no soy médico, ni químico, ni tengo relación alguna con la homeopatía. En realidad soy informático (centrado en temas de lógica computacional, por cierto). Es más, ni siquiera he tenido alguna mala experiencia con la homeopatía, ni yo ni ninguna persona que conozca.

Y, sin embargo, suelo criticar la homeopatía siempre que sale el tema. ¿Por qué esa animadversión hacia la homeopatía? Muy sencillo: me considero una persona racional, y la homeopatía no tiene ni pies ni cabeza. Podría decir, como se ha repetido ya muchas veces, que no hay estudios concluyentes de su efectividad más allá del efecto placebo (y, por favor, no quiero oír eso de “a mi me funciona” llegados a este punto, o aquello de “si les funciona a los niños y a los animales, no puede ser solo efecto placebo”… basta investigar un poco para ver que también hay efecto placebo en niños y animales, por no hablar de la subjetividad del observador).

Pero no, no es ese el motivo. El motivo es que los principios de la homeopatía no tienen ningún sentido, incluso para un profano en la materia como es mi caso. La homeopatía se basa en los siguientes principios:

“Lo similar cura lo similar”

Aquí habrá quien diga que las vacunas se basan en el mismo principio. Ni hablar. Las vacunas “entrenan” el sistema inmunológico con pequeñas dosis -pequeñas pero desde luego apreciables- a menudo inertes, de los mismos virus que se pretende combatir. Así el sistema inmunológico vence fácilmente al virus y -esto es lo importante- aprende cómo combatirlo en caso de que llegue en mayor cantidad (la enfermedad en sí).

En el caso de la homeopatía, a principios del siglo XIX Samuel Hahnemann (el supuesto “inventor” de la homeopatía) oyó hablar de que la quinina estaba siendo usada para curar la malaria. Como parece que no estaba muy convencido del tema, decidió probar la quinina en sí mismo, y descubrió que experimentaba los mismos síntomas que supuestamente produce la malaria. ¡Eureka! Hahnemann decidió (así, sin más comprobaciones) que todo medicamento que produjera en una persona sana unos síntomas similares a los de la propia enfermedad, podía curarla en un paciente enfermo. Nada que ver con las vacunas, ojo. Y lo mejor de la historia es que más tarde se intentó repetir el experimento de Hahnemann con la quinina y… no fue posible. Bueno, la historia de la homeopatía está llena de historias como ésta. La reproducibilidad no es uno de sus puntos fuertes.

“Cuanto mayor es la disolución, mayor es su efectividad”

Claro, llegados a este punto, imagino que Hahnemann (que era químico) se planteaba que darle cosas como cicuta o arsénico a un paciente para curarle de terribles enfermedades podía.. sí, podía matarle. Así que dicidió huir hacia delante y se inventó -no nos olvidemos que estamos hablando del 1800 y poco- el segundo principio de la homeopatía: “a mayor disolución, mayor efectividad”. Muy lógico no es, desde luego. Pero le resolvía la papeleta de no matar a sus pacientes con dosis altas de algún veneno.

De hecho, el propio Hahnemann abogaba por disoluciones 30C para la mayoría de los propósitos. Pero, ¿qué es eso de una disolución “30C”? La idea básica es esta: si tomamos una parte de una sustancia y la disolvemos en 100 partes de agua, tenemos una disolución 1C. Si ahora tomamos una parte del resultado, y la volvemos a disolver en 100 partes de agua, tenemos una disolución 2C. Bueno, ya te puedes imaginar como sigue la cosa. Pues bien, una disolución 30C significa que hay una parte de la sustancia por 1060 (un 1 seguido de 60 ceros) partes de agua. De acuerdo a otro químico, Avogadro, ahí ya no queda ni siquiera una molécula de la sustancia original -lo cual no le preocupaba mucho a Hahnemann ya que apenas acababan de descubrirse los conceptos de átomo o molécula y probablemente no los conocía-. En resumen, a partir de 12C ya no se puede afirmar que haya una sola molécula de la sustancia original. Vamos, es más fácil encontrar moléculas de la sustancia en cuestión en el agua del grifo que en un preparado homeopático de 12C para arriba…

¿Y los defensores qué dicen?

Llegados a este punto, parece sensato afirmar que esto de la homeopatía no fue más que una ocurrencia de un químico a principios del 1800 que vino motivada principalmente por el estado de la medicina en ese tiempo -donde, probablemente, a menudo era peor el remedio que la enfermedad-. De hecho, y esta es ya mi opinión personal, dado el carácter inquisitivo de Hahnemann estoy convencido de que él mismo se habría echado unas risas a costa de la homeopatía de haber vivido hoy en día.

Pero, entonces, ¿cómo es posible que haya médicos y químicos -¡incluso un premio Nobel!- entre los defensores de la homeopatía? Pues bien, se han propuesto teorías de lo más originales. Por un lado, se ha intentado justificar que el agua tiene “memoria”, por lo que los efectos de una sustancia que estuvo en el agua permanece allí aunque ya no haya ni siquiera una molécula. A este respecto, es curioso que el agua se acuerde de unas sustancias y no de otras, ¿no? Debo añadir que, incluso aunque nos vayamos a disoluciones por debajo de 12C, digamos 3C ó 4C, su efectividad sigue siendo inverosímil dada la escasa cantidad de la sustancia en cuestión.

Más recientemente, he oído justificaciones basadas en la física cuántica (siempre sin entrar en detalles, probablemente porque los desconocen… y es que hoy en día se le añade la palabra “cuántica” a todas las magufadas de moda y así lucen mejor y más científicas: “biodescodificación cuántica”, “terapia cuántica”,… de risa). De hecho, algunos ni siquiera intentan justificarlo. Recientemente, representantes de la multinacional de la Homeopatía Boiron en una rueda de prensa reconocían no saber exactamente cómo es posible que la homeopatía funcione. Vamos, lo suyo es un dogma de fe.

Resumiendo

Para concluir, ¿por qué critico a la homeopatía? Pues por los mismos motivos por los que critico el reiki, la acupuntura, la osteopatía, la bioneuroemoción, las flores de Bach, los milagreros, etc. Simplemente porque nadie me ha dado una explicación racional de su funcionamiento y, además, no parece que haya evidencias significativas de su efectividad más allá del efecto placebo. El día que eso cambie y alguien me de una explicación convincente y/o una evidencia significativa de su efectividad, cambiaré de opinión, por supuesto.

Pero hay otros motivos. Por ejemplo, el peligro que puede suponer entre la gente que, pensando que son tan efectivas como las terapias convencionales, las abandonan en favor de la homeopatía, poniendo así en peligro su salud y, en ocasiones, su vida. Por desgracia, podemos leer periódicamente casos como estos en la prensa. El último que recuerdo fue una mujer que murió tras dar a luz. Al parecer perdió mucha sangre y la comadrona solo le ofreció un medicamento homeopático (para la ansiedad, por cierto). Podéis ver la noticia aquí.

En resumen, como dijo Tim Minchin: “¿sabes cómo se les llama a las medicinas alternativas que funcionan? Medicina”. Vamos, que si los chuches homeopáticos funcionaran, no tendrían un nombre diferente, serían simplemente un medicamento más.

Si te interesa el tema, te recomiendo que escuches a James Randi aquí o, aún más divertido, a Tim Minchin aquí (aunque esto no es específico sobre la homeopatía).

12h en Nagoya

Bueno, vaya por delante que en Nagoya suelo pasar bastante más de 12 horas, ya que es el lugar donde suelo ir habitualmente a trabajar con colegas de la Universidad de Nagoya, por lo que paso allí 2 ó 3 semanas en cada ocasión. Sin embargo, suelo pasar todo el tiempo en la zona universitaria, que está bastante alejada del centro. Por eso, lo de hoy se puede considerar como una “excursión” de 12 horas por la parte más turística de la ciudad 😀

Una de las principales atracciones de la ciudad es el Castillo de Nagoya. Como la mayoría de los castillos en Japón, está reconstruido. Sin embargo, el aspecto del castillo es impresionante. Además, tiene varias exposiciones interesantes en su interior, por lo que si pasas por Nagoya, te recomiendo que no te lo pierdas.

Otra de las atracciones de la ciudad es la zona de Osu. Allí puedes ver Osu Kannon, un templo budista dedicado a la diosa de la piedad. Los fines de semana la zona está muy animada. Además del templo, hay una zona de tiendas similar a Namba city en Osaka llena de tiendas de souvenirs, productos electrónicos, ropa de cosplay, tiendas de anime y manga, J-pop, idols y, por supuesto, muchos restaurantes. También es fácil encontrar cosas de segunda mano a muy buen precio (cámaras de fotos, objetivos, instrumentos musicales, etc). Salvando las distancias, sería el Akihabara de Nagoya.

Por último, como no, hay que visitar la zona comercial moderna: Sakabe. Aquí podréis encontrar muchos grandes centros comerciales (en mi última visita, en uno había una planta completa dedicada a Evangelion), tiendas de todo tipo, el distrito financiero, etc. Solo he ido un par de veces, sin embargo. En una ocasión, era domingo y como ocurre en otras ciudades japonesas, las calles estaban cerradas al tráfico y estaba lleno de gente paseando, cantando (e intentando vender su CD), etc, etc.

Ah, si hay algo que no puedes dejar de comer en Nagoya es el hitsumabushi, anguila a la brasa al estilo de Nagoya (en este post hablo con detalle sobre el tema). También te recomiendo el misokatsu, la variedad de Nagoya del conocido tonkatsu.

Si vas a ir por allí y tienes alguna pregunta sobre Nagoya, ¡no dudes en hacerla!

[Actualización 13 de Mayo de 2016]

Bueno, pues en mi última visita a Nagoya nos dimos un paseo por la zona del puerto, que no conocía. No diré que es una visita obligada, pero la verdad es que el complejo está interesante. Por lo que leí, el puerto ha sido remodelado recientemente, y al menos el Domingo cuando lo visitamos era una zona muy agradable, con un ambiente muy familiar y relajado. Allí se puede visitar el Acuario Público, el barco-museo Fuji -explorador del Ártico- y el Museo Marítimo de Nagoya. Ademas, el puente con los arcos azules es muy fotogénico:

Pasamos la mañana por allí y luego volvimos al centro, a Osu Kannon a hacer algunas fotos y comer. Aquí tenéis la única larga exposición que conseguí (apenas) sin gente de por medio 🙂

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De Osu Kannon nos fuimos a Sakabe, pero solo a comprar souvenirs como si no hubiera mañana…

Aprendiendo japonés…

En esta entrada quiero resumir algo que debo haber contado ya en muchas ocasiones sobre el idioma japonés. Vaya por delante que si eres japonés, hablas japonés o en algún momento has seguido algún curso de japonés, por sencillo que sea, esta entrada no es para ti (¡seguro que ya lo sabes todo!). Me dirijo más bien a los que no saben nada del idioma y tienen curiosidad. Y, por supuesto, varios puntos son muy subjetivos. Al fin y al cabo se trata de mi opinión personal, que no creo que todo el mundo comparta 😀

Sorprendentemente, mi interés por el idioma es bastante reciente (teniendo en cuenta que visito Japón con cierta regularidad desde el año 1999). En 2014 me decidí a hacer un primer curso (A1.1) y en 2015 lo completé (A1.2). Vamos, A1, nivel principiante total…

El alfabeto Hiragana

El idioma japonés consta de dos alfabetos (en realidad, son silabarios) y un conjunto de ideogramas (Kanji) . El alfabeto principal es el Hiragana. Digamos que este es el alfabeto con el que se enseña a los niños a leer. A diferencia del nuestro, es un alfabeto silábico. Lo puedes ver en el siguiente recuadro:

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Silabario Hiragana

Lo primero que nos llama la atención es el orden de las vocales: a-i-u-e-o (en lugar de nuestro tradicional a-e-i-o-u). Como puedes ver, las sílabas solo pueden acabar en vocal o en “n”. Eso explica, por ejemplo, que un japonés pronuncie mi nombre, Germán, como He-ru-man (aunque la “u” es muy débil y apenas se pronuncia). Otro ejemplo, Alberto sería a-ru-be-ru-to (recuerda que en japonés la ‘r’ y la ‘l’ no se distinguen, como seguramente sabrás por las pelis en las que “se líen de la plonunciación” de chinos y japoneses). De hecho, la pronunciación japonesa del inglés es a veces difícil de entender justamente por los diferentes sonidos de su idioma (aunque no es difícil acostumbrarse).

En realidad, tengo que decir que el Hiragana es un poco más complicado. Por un lado, tenemos el dakuten (゛) y el handakuten (゜) que modifican el sonido de las sílabas. Como puedes ver abajo, la forma en que cambia el sonido de cada sílaba es muy regular y se aprende enseguida. Por otro lado, están los diptongos, que no son siempre fáciles de leer (y, sobre todo, de escribir a partir del sonido). El silabario completo quedaría así:

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Silabario Hiragana extendido

Supongamos que ya has aprendido Hiragana. ¿Ya puedes ir a Japón y ser capaz de, al menos, leer los letreros? Pues no, me temo que no. El Hiragana se usa muy poco, casi exclusivamente para los artículos, preposiciones, partículas, etc. Las palabras se escriben normalmente en Kanji, que veremos más abajo…

El alfabeto Katakana

Tras al alfabeto Hiragana, se suele aprender el alfabeto Katakana. ¡La buena noticia es que los sonidos son los mismos que en el alfabeto Hiragana! Aquí lo tienes:

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Silabario Katakana

Como antes, se puede extender con el dakuten, handakuten y los diptongos, aunque ya no lo voy a poner aquí (puedes encontrarlo, por ejemplo, en la wikipedia).

En este punto, te preguntarás ¿y para qué quieren dos alfabetos equivalentes pero con símbolos diferentes? Pues bien, el Katakana se suele emplear para escribir palabras de origen extranjero (en su mayor parte del inglés), nombres propios extranjeros, etc. Y lo mejor es que, en este caso, ¡no se usan kanji! Es decir, sí vas a poder encontrar letreros y textos que incluyen palabras en Katakana (a diferencia de lo que decía antes sobre el Hiragana). Vamos, que si te aprendes el alfabeto Katakana y sabes inglés (y con un poco de imaginación), ya podrás entender algunas palabras en Japón. De hecho, bastantes más de las que parece al principio. Aquí van algunos ejemplos: コフィー (ko-fi, coffee), チョクロト (cho-ku-ro-to, chocolate), スペイン (su-pe-in, Spain), y un largo etcétera.

Por ejemplo, a ver si adivinas lo que pone en la fachada de este edificio:

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¿Fácil, verdad? 😀

Kanji

Y llegamos a la parte complicada. Si vas a Japón, la práctica mayoría de los textos, carteles, etc., están escritos en Kanji. Se trata de ideogramas importados del idioma chino que posteriormente han evolucionado en Japón (hasta el punto que los japoneses dicen no ser capaces de entender el chino escrito). Dicen que existen cientos de miles de kanji, aunque imagino que con unos pocos miles ya podrías moverte con facilidad por Japón (para que te hagas una idea, en el A1.2 tuvimos que aprender unos 50 símbolos kanji). De hecho, mis colegas de Japón me cuentan que a veces tienen problemas para seguir textos técnicos porque no es raro que aparezca algún kanji desconocido.

Bueno, como no quiero extenderme demasiado en esta entrada, te dejo con estos apuntes para que te hagas una idea de la complejidad del tema:

  • Una palabra suele estar formada por varios kanji. Por ejemplo, la palabra “japonés” consta de tres kanji: 日本語. Se lee ni-hon-go, siendo 日 ni (sol), 本 hon (origen) y 語 go (idioma). Vamos, el idioma del país del sol naciente 😀
  • Para complicarlo más, cada kanji puede tener muchas lecturas o pronunciaciones. Básicamente hay dos: la lectura “on” (china) y la lectura “kun” (japonesa), aunque en la práctica suelen haber unas cuantas variantes. Vamos, un kanji se puede pronunciar de muchas formas, y puede tener muchos significados. Tela, ¿eh?
  • ¿Cómo podemos buscar un símbolo kanji en el diccionario? Pues si no conoces su pronunciación, no puedes. Y lo normal es que si lo quieres buscar, no conozcas su pronunciación, así que vamos mal. Este furiganaproblema se resuelve (en parte) con el furigana: en algunos casos escriben sobre el símbolo kanji la palabra en símbolos Hiragana o Katana. Así es como editan los libros para niños normalmente (por ejemplo, el manga de Shin-Chan). A la derecha tienes un ejemplo.
  • ¿Cómo se escriben los kanji en un teclado? Pues lo habitual es escribir en Hiragana y, a medida que se forman las palabras, el teclado sugiere palabras en Kanji, por lo que solo hay que elegir la buena (normalmente con el tabulador) y seguir escribiendo. No, no es fácil, al menos yo lo encuentro francamente complicado…

¿Misión imposible?

En este punto puede ocurrir que te hayas asustado y tengas claro que nunca vas a aprender japonés… Pues bien, tengo que decir que, pese a todo, no es difícil aprender a hablar japonés. Con un poco de vocabulario (400 ó 500 palabras) y unas nociones básicas de gramática te puedes arreglar. Hablarás un poco como Tarzán, pero te entenderán. De hecho, la gramática no es especialmente complicada. El orden de las palabras en una oración es bastante flexible y conociendo 7 u 8 partículas ya puedes formar casi cualquier frase.

Eso sí, leerlo o escribirlo bien ya es otra historia. Ahí si me temo que hacen falta unos cuantos años de trabajo constante para conseguirlo…

Si te ha surgido alguna duda y quieres preguntarme, ¡adelante!